Cuando se habla de retail casi siempre aparecen imágenes de grandes supermercados, centros comerciales o cadenas internacionales. Es normal. Son formatos que concentran buena parte del comercio moderno y marcan muchas de las tendencias del consumo. Sin embargo, Colombia conserva un escenario donde varias de esas prácticas llevan décadas aplicándose sin necesidad de llamarlas estrategia comercial: las plazas de mercado.

Para muchas personas representan simplemente el lugar donde se compra fruta, carne, verduras o especias. Pero quien las recorre con ojos de mercadeo descubre algo mucho más interesante. Allí conviven técnicas de exhibición, fidelización, negociación, conocimiento del cliente y construcción de confianza que hoy siguen estudiándose en escuelas de negocios alrededor del mundo.

Lejos de desaparecer, las plazas continúan adaptándose a nuevos consumidores. Algunas fortalecieron su oferta gastronómica, otras comenzaron a atraer turistas y varias entendieron que la experiencia también hace parte del producto. Esa capacidad de evolucionar explica por qué siguen ocupando un lugar importante dentro del comercio colombiano, incluso frente al crecimiento de supermercados y formatos de descuento.

Antes de existir el retail moderno, ya existía la experiencia de compra

Uno de los conceptos más repetidos en el comercio actual consiste en mejorar la experiencia del cliente. Se habla de recorridos, ambientación, atención personalizada y permanencia dentro del establecimiento. Curiosamente, muchas plazas colombianas llevan décadas haciendo todo eso de manera natural.

Quien visita la Galería Alameda, en Cali, no solo encuentra productos frescos. También descubre restaurantes tradicionales, jugos preparados al momento, conversaciones entre comerciantes y clientes habituales, recomendaciones espontáneas y una cercanía difícil de replicar en otros formatos.

Algo parecido sucede en la Plaza Minorista José María Villa, en Medellín, en Paloquemao, en Bogotá, o en la Plaza de Mercado de Bazurto, en Cartagena. Cada una posee una personalidad propia que hace que la compra vaya mucho más allá de llenar una bolsa con alimentos.

Las personas regresan porque conocen a quien las atiende, porque confían en la calidad del producto o porque sienten que allí todavía existe un trato cercano. Esa relación termina construyendo una fidelidad que ninguna promoción consigue por sí sola.

El vendedor conoce mucho más que su producto

Una de las mayores fortalezas de las plazas de mercado es el conocimiento que tienen sus comerciantes sobre aquello que venden. No se limitan a indicar un precio o señalar un estante. Recomiendan, explican, comparan calidades y orientan al cliente según el uso que piensa darle al producto.

Quien compra un pescado puede recibir consejos sobre la mejor forma de prepararlo. Quien busca una fruta para un jugo probablemente termine llevándose otra variedad porque el vendedor sabe cuál está en su mejor punto de maduración. Esa conversación genera confianza y hace que el consumidor sienta que alguien realmente está ayudándolo a tomar una buena decisión.

El retail moderno ha invertido millones en formar asesores comerciales capaces de ofrecer ese tipo de acompañamiento. En las plazas, esa práctica nació mucho antes de convertirse en una metodología de ventas.

La exhibición también comunica

Existe una idea equivocada según la cual las plazas de mercado son espacios desordenados donde los productos simplemente se acumulan. Basta caminar con atención por cualquiera de ellas para descubrir que detrás de cada puesto existe una lógica comercial muy clara.

Las frutas más coloridas suelen ocupar los lugares de mayor visibilidad. Las verduras se organizan para transmitir frescura. Los productos de temporada aparecen cerca de los pasillos principales y aquellos con mayor margen de ganancia se ubican donde el cliente inevitablemente termina mirando.

No hace falta una vitrina sofisticada para atraer la atención. El color, el volumen, el orden y la abundancia comunican calidad incluso antes de que el comprador pregunte el precio. Es una forma de merchandising que nació mucho antes de que el término se hiciera popular en Colombia.

Los supermercados modernos aplican exactamente el mismo principio cuando ubican determinados productos a la altura de los ojos o construyen exhibiciones especiales para fechas comerciales. La diferencia está en los materiales; la lógica sigue siendo prácticamente la misma.

Negociar todavía hace parte de la experiencia

Uno de los elementos que distingue a muchas plazas colombianas es la posibilidad de conversar sobre el precio. No siempre significa obtener un descuento. En muchas ocasiones la negociación termina en un poco más de producto, una recomendación adicional o una relación que se fortalece con cada visita.

Ese intercambio genera una sensación de cercanía que difícilmente puede encontrarse en formatos donde el precio es completamente rígido. El cliente siente que participa activamente en la compra y el comerciante tiene la oportunidad de conocer mejor a quien tiene al frente.

Desde el mercadeo, esa conversación aporta información muy valiosa. Permite entender qué productos busca la gente, cuánto está dispuesta a pagar, qué inquietudes tiene y cuáles son los cambios que empiezan a notarse en el consumo.

Las grandes cadenas realizan investigaciones para obtener buena parte de esos datos. En una plaza de mercado, muchas respuestas aparecen simplemente escuchando al cliente durante unos minutos.

Las plazas también han aprendido a evolucionar

Pensar que estos espacios permanecen congelados en el tiempo sería desconocer la manera como han sabido adaptarse durante los últimos años.

Hoy es común encontrar comerciantes que reciben pagos mediante códigos QR, promocionan sus productos por WhatsApp o atienden pedidos realizados desde redes sociales. Algunos restaurantes nacidos dentro de las plazas se convirtieron en referentes gastronómicos y atraen visitantes que inicialmente no iban a hacer mercado.

La Galería Alameda es un buen ejemplo de esa transformación. Además de conservar su función tradicional como centro de abastecimiento, se ha consolidado como un punto gastronómico donde muchos caleños y turistas llegan buscando sabores típicos del Valle del Cauca.

Ese cambio demuestra que la tradición y la innovación no son conceptos opuestos. Cuando un negocio entiende qué valoran sus clientes puede incorporar nuevas herramientas sin perder aquello que lo hace diferente.

El retail todavía tiene mucho que aprender

Las grandes superficies revolucionaron la logística, la distribución y la eficiencia operativa. Sin embargo, las plazas de mercado siguen recordando que vender continúa siendo una actividad profundamente humana.

La confianza no nace de una campaña publicitaria. Se construye cuando el cliente siente que recibe una recomendación honesta, encuentra calidad constante y sabe que será bien atendido cada vez que regrese.

Tampoco la fidelización depende exclusivamente de programas de puntos o aplicaciones móviles. Muchas veces surge porque el comerciante recuerda el nombre del comprador, conoce sus preferencias o pregunta por la familia después de varias visitas.

Son detalles pequeños, pero sumados durante años terminan creando relaciones comerciales extraordinariamente sólidas.

Mucho antes del marketing moderno, las plazas ya entendían al consumidor

Cada vez que aparece una nueva tendencia en retail vale la pena preguntarse si realmente es tan nueva como parece. Con frecuencia la respuesta está en una plaza de mercado, donde comerciantes con décadas de experiencia llevan aplicando principios similares desde mucho antes de que existieran los términos «experiencia del cliente», «merchandising» o «marketing relacional».

Quizá por eso estos espacios siguen conservando su vigencia. No compiten intentando parecer un supermercado. Compiten ofreciendo aquello que solo una plaza puede brindar: cercanía, conocimiento del producto, flexibilidad y una relación directa entre quien vende y quien compra.

La próxima vez que visite una plaza de mercado, deténgase unos minutos antes de hacer su compra. Observe cómo se exhiben los productos, escuche la conversación entre comerciantes y clientes, mire cómo se construye la confianza sin necesidad de grandes campañas. Es muy probable que encuentre algunas de las lecciones de mercadeo más valiosas del país en un lugar que ha estado ahí desde mucho antes de que habláramos de retail.


angie

Angela Campo es mercaderista con formación en mercadeo y experiencia en la ejecución de estrategias en punto de venta, exhibición de productos, merchandising e impulso de marcas. Apasionada por el comportamiento del consumidor y las dinámicas del retail, comparte contenido orientado a las buenas prácticas comerciales, las tendencias del mercado y las estrategias que fortalecen la presencia de las marcas. Asimismo, explora temas relacionados con el marketing, incorporándolos en sus publicaciones de forma gradual, con base en su propio ritmo de aprendizaje y experiencia, con el propósito de ofrecer contenido útil, práctico y en constante evolución.

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